Las entrevistas de trabajo se han convertido en algo bastante rocambolesco. Uno encuentra una oferta, la lee, comprueba que el puesto se ajusta a su experiencia, considera que puede aportar y presenta su candidatura. No lo hace por probar suerte a ver qué cae, sino porque existe un interés concreto por ese puesto y por las funciones que aparecen descritas en la oferta. Después llega la llamada de la empresa, se interesan por el perfil y se concierta una entrevista. Hasta ahí todo parece normal y, después de tantas candidaturas enviadas, uno empieza a pensar que quizá esta vez la cosa pueda salir bien.
Se prepara la entrevista, se repasa la experiencia, se intenta explicar de la mejor manera posible aquello que se puede aportar a la empresa y se acude con la expectativa lógica de hablar sobre el puesto al que se ha optado. Entonces comienza lo curioso. La conversación avanza y poco a poco uno descubre que aquello que se estaba ofreciendo en la oferta ya no parece ser exactamente lo que se busca. Aparece otro perfil, otras funciones y, normalmente, un puesto de menor responsabilidad que poco tiene que ver con el motivo por el que se decidió presentar la candidatura. Se escucha la propuesta, se explica educadamente que ese no es el puesto que se estaba buscando y que precisamente por eso se había optado a la otra oferta y, llegado ese momento, aparece una de esas frases que parecen estar incorporadas al protocolo de cualquier entrevista: «Te tendremos en cuenta para cuando salga algo de lo tuyo».
Una frase que suena bien, que queda educada y que permite terminar la conversación sin demasiados problemas, pero que muchas veces tiene un significado bastante más sencillo: no te vamos a llamar. Porque si realmente se estuviera buscando a alguien para «lo suyo», probablemente ya estaría sentado en aquella entrevista hablando precisamente de eso. Lo demás es una especie de limbo laboral en el que el candidato sale con la sensación de haber estado cerca de una oportunidad que, en realidad, nunca estuvo sobre la mesa.
La situación resulta todavía más curiosa cuando detrás de todo ese proceso existe una necesidad diferente a la que aparece en la oferta. Se publica un puesto que puede resultar atractivo para personas con experiencia y capacidad para asumir determinadas responsabilidades, se reciben candidaturas de esos perfiles y, cuando llega la entrevista, se plantea la incorporación como auxiliar con la posibilidad de que, con el tiempo, esa persona pueda asumir funciones de coordinación. Nada que objetar a que una empresa quiera promocionar a sus trabajadores o que alguien pueda comenzar en un puesto y crecer dentro de la organización. Lo extraño es que se venda una cosa y se termine ofreciendo otra. Si realmente se busca un auxiliar con posibilidades de promoción, quizá lo más sencillo sería decirlo desde el principio. El candidato sabría a qué se presenta y podría decidir si esa posibilidad le interesa o no.
Porque tampoco parece demasiado complicado entender que quien busca empleo tiene derecho a saber qué puesto está solicitando. Si alguien aspira a una posición de coordinación, con unas determinadas responsabilidades y unas condiciones acordes a su experiencia, quizá no esté interesado en entrar como auxiliar con la promesa, más o menos difusa, de que algún día podría hacer aquello para lo que ya está preparado. El problema es que esa posibilidad futura puede convertirse en el argumento perfecto para conseguir que alguien acepte unas condiciones o una categoría que inicialmente no buscaba.
Todo esto puede parecer una cuestión menor desde el otro lado de la mesa, pero para quien lleva meses buscando trabajo no lo es. Detrás de cada candidatura hay tiempo invertido en localizar ofertas, leer requisitos, adaptar currículums, preparar cartas de presentación, responder llamadas y acudir a entrevistas. También hay desplazamientos, gastos y, sobre todo, expectativas. La búsqueda de empleo tiene esa particularidad de conseguir que una simple llamada telefónica pueda generar ilusión durante unos días. Uno empieza a pensar en posibilidades, en volver a trabajar, en recuperar una estabilidad y en dejar atrás una etapa que muchas veces se hace demasiado larga. Por eso cada entrevista que termina en nada no es simplemente una entrevista más. Se suma a todas las anteriores y va dejando ese desgaste que no aparece en ningún informe sobre empleo.
Quizá por eso habría que pedir un poco más de claridad en los procesos de selección. Nadie pretende que una empresa tenga que contratar a quien se presenta a una entrevista ni que una candidatura deba terminar necesariamente en un contrato. Las empresas tienen sus necesidades y seleccionan los perfiles que consideran más adecuados. Lo mínimo que se puede esperar es que la oferta sea realmente la oferta y que el puesto que se explica en el anuncio sea, al menos, el puesto del que se va a hablar cuando el candidato se siente delante del entrevistador.
Porque si después de todo el proceso la respuesta es que para ese puesto no, pero que «te tendremos en cuenta para cuando salga algo de lo tuyo», quizá habría que preguntarse para qué se ha hecho todo lo anterior. Para qué se ha conseguido que una persona con determinado perfil presente su candidatura, prepare una entrevista y se desplace hasta allí si la necesidad real de la empresa era otra. Quizá porque se busca un auxiliar que pueda acabar haciendo de coordinador. Quizá porque encontrar a alguien para un puesto de responsabilidad resulta más complicado. Quizá porque de esa manera se consigue atraer candidatos que de otro modo ni siquiera presentarían su currículum. Cada empresa tendrá sus razones, pero el candidato también tiene derecho a tener las suyas para decidir dónde quiere trabajar y qué puesto está dispuesto a aceptar.
Al final queda esa sensación extraña de haber recorrido otro pequeño tramo de ese desértico camino de la búsqueda de empleo para llegar exactamente al mismo sitio. Otra candidatura, otra entrevista, otra expectativa y otra puerta que se cierra, aunque esta vez lo haga acompañada de una frase amable que deja abierta una posibilidad que probablemente nunca llegue. «Te tendremos en cuenta para cuando salga algo de lo tuyo». Quizá algún día esa frase vuelva a convertirse en una llamada de verdad, aunque después de escucharla tantas veces cuesta no pensar que pertenece más al lenguaje de las despedidas que al de las oportunidades.
Buscar trabajo ya es suficientemente complicado como para tener que descubrir durante una entrevista cuál era realmente el trabajo que se pretendía cubrir. El currículum puede tener muchas páginas, pero al final parece que en algunos procesos de selección todo termina reducido a una sencilla cuestión: tú buscabas una cosa, nosotros necesitamos otra y, si algún día aparece «algo de lo tuyo», ya veremos.
Mientras tanto, toca seguir buscando.







