El presidente del Cabildo de Gran Canaria, Antonio Morales Méndez, advierte de los riesgos estratégicos que enfrenta Canarias por su ubicación geográfica en el Atlántico, donde se concentran tensiones geopolíticas.
Europa está entrando en una nueva era geopolítica marcada por la guerra de Ucrania, el acoso de Rusia, la rivalidad entre Estados Unidos y China, y la expansión de la influencia de EEUU, Israel y Marruecos en África. Esta situación modifica profundamente el escenario en el que se mueve España.
La guerra híbrida, con incursiones aéreas en Alemania, Dinamarca y Lituania, y un ataque contra un tren con más de 200 pasajeros en la frontera ucraniano-polaca, ha dejado de ser una hipótesis académica para instalarse como estrategia cotidiana del Kremlin.
La reacción de Macron, con un consejo de defensa, refuerzo de la seguridad de su país, plan de protección de infraestructuras y un G7 extraordinario, es correcta pero tardía. Europa sigue reaccionando ataque a ataque, sin doctrina disuasoria común.
Mientras Europa mira al este, el flanco sur español se recompone sin apenas debate público. Washington ha blindado una alianza militar de diez años con Marruecos, convirtiéndolo en su socio de referencia en África. Rabat, con un presupuesto de defensa de 15.300 millones de dólares, recibe F-16 Block 72, sistemas antiaéreos Barak MX y radares Elta israelíes, además de un naciente polo de fabricación de drones con apoyo turco.
España, que reconoció en 2022 la soberanía marroquí sobre el Sáhara, no cuenta con ningún compromiso de seguridad equivalente blindado a diez años, ni con Rabat ni con Washington. Navantia construye para Marruecos el patrullero que vigilará el propio Estrecho, lo que genera un resultado paradójico: España arma a quien redibuja su frontera sur, mientras su seguridad depende cada vez más de decisiones tomadas en Washington, Tel Aviv y Rabat, no en Madrid.
Canarias ya no puede contemplarse únicamente como una periferia europea. Su posición geográfica la convierte en una pieza estratégica del Atlántico y en uno de los espacios más sensibles de la frontera sur de la Unión Europea.
La amenaza que se perfila no es necesariamente una guerra convencional, sino una confrontación permanente en la llamada «zona gris», por debajo del umbral de la guerra, en la que se utilizan simultáneamente migración, desinformación, ciberataques, presión económica, espionaje, conflictos territoriales, control de infraestructuras y manipulación política.
Lo sucedido recientemente en Ceuta constituye una advertencia. Una presión migratoria extraordinaria, combinada con redes sociales, movilización de personas, información falsa, tensión fronteriza y una enorme repercusión política puede convertirse rápidamente en una crisis de seguridad.
Canarias es particularmente vulnerable por su condición de frontera exterior de la Unión Europea y por su proximidad a África Occidental. La ruta atlántica ha demostrado su capacidad para generar crisis migratorias de gran magnitud. Una crisis prolongada puede tensionar los servicios públicos, alimentar la polarización social y convertirse en materia prima para campañas de desinformación.
Durante décadas, Europa vivió con la sensación de que el Atlántico era un espacio relativamente estable. Esa etapa está terminando. China amplía su presencia económica y logística en África. Rusia busca mantener y ampliar su influencia en África Occidental y el Sahel. Marruecos se consolida como potencia regional y desarrolla relaciones a conveniencia con Europa y cada vez más estrechas con Estados Unidos, Israel y África.
El resultado es un Atlántico mucho más disputado y Canarias exactamente en medio de ese espacio. El valor estratégico del Archipiélago no procede solamente de su posición militar, sino también de sus puertos, aeropuertos, cables submarinos, instalaciones energéticas, centros científicos, aguas territoriales y capacidad para conectar Europa con África y América.
En Gran Canaria, el Puerto de La Luz y de Las Palmas es uno de los grandes nodos marítimos del Atlántico oriental. Su actividad logística, energética, pesquera, industrial y naval adquiere un valor que supera ampliamente las estadísticas portuarias en una economía global sometida a crecientes tensiones geopolíticas. Y en una guerra híbrida puede ser muy vulnerable, igual que nuestro aeropuerto, clave para las comunicaciones y la defensa del territorio.
Los cables submarinos son también vulnerables. Internet, las comunicaciones empresariales, las operaciones financieras y buena parte de los servicios públicos dependen de ellos. Para un territorio insular como Canarias, la dependencia en todos estos aspectos es aún mayor. En un escenario de confrontación híbrida, el aislamiento insular adquiere una dimensión estratégica.
La energía constituye otra de las grandes vulnerabilidades. Canarias continúa dependiendo en gran medida de combustibles fósiles importados y mantiene sistemas eléctricos aislados. Esto significa que cualquier alteración prolongada del suministro energético puede tener consecuencias mucho más graves que en un territorio continental conectado a una gran red.
Pero precisamente aquí aparece una de las mayores oportunidades estratégicas. La transición hacia las renovables puede convertirse en una política de seguridad. El almacenamiento, la generación distribuida, la gestión inteligente de la demanda, la producción de hidrógeno y, especialmente, la eólica marina pueden reducir dependencias externas y aumentar la resiliencia.
Para Gran Canaria, la eólica marina tiene además una dimensión industrial. Puede impulsar fabricación, ingeniería, reparación naval, servicios portuarios, investigación, formación y nuevas empresas vinculadas a la economía azul. No es solamente energía, es industria, conocimiento y autonomía estratégica.
Ningún análisis de la frontera sur española puede ignorar a Marruecos. España necesita una relación leal y estable con Rabat. La cooperación en inmigración, terrorismo, comercio y seguridad resulta imprescindible. Pero cooperación no debe significar dependencia.
Canarias debe observar este escenario con especial atención. No porque exista necesariamente una amenaza inmediata, sino porque cualquier modificación del equilibrio magrebí puede tener repercusiones sobre el Archipiélago.
Rusia y China introducen otra variable. Moscú ha tratado de incrementar su presencia en África y de aprovechar las fracturas entre Occidente y determinados gobiernos africanos. Su capacidad militar, diplomática y de información puede formar parte de estrategias de influencia que no necesitan llegar a un enfrentamiento directo con Europa.
China juega una partida diferente. Su instrumento principal es económico: comercio, inversiones, infraestructuras, tecnología y acceso a mercados y recursos. En ambos casos, África Occidental adquiere una importancia creciente. Canarias, situada frente a esa fachada africana y conectada con Europa, puede convertirse en un punto de observación, logística y actividad económica de creciente relevancia.
La guerra híbrida tiene una característica fundamental: resulta difícil distinguir entre un ataque y un acontecimiento normal. Una avería de un cable puede ser accidental. Una campaña en redes sociales puede parecer espontánea. Una crisis migratoria puede tener causas perfectamente naturales. Un ciberataque puede proceder de delincuentes comunes.
Es entonces cuando una sucesión de problemas aparentemente independientes puede convertirse en una estrategia de presión. La respuesta no puede ser únicamente militar. Necesitamos puertos resilientes, energía segura, comunicaciones redundantes, protección de cables submarinos, ciberseguridad, capacidad de almacenamiento, servicios públicos preparados para situaciones extraordinarias y una sociedad capaz de distinguir información de manipulación.
Y necesitamos también una economía diversificada. En este sentido, la estrategia de desarrollo de Gran Canaria puede convertirse en una estrategia de seguridad. El fortalecimiento del Puerto de La Luz, la economía azul, la eólica marina, las energías renovables, el almacenamiento, la industria naval, la investigación oceanográfica y la cooperación con África Occidental no son compartimentos estancos.
Son piezas de una misma política. La gran paradoja es que aquello que durante décadas se consideró una desventaja -la distancia de Canarias respecto de Europa- puede convertirse ahora en una ventaja estratégica.
Canarias está situada frente a una de las zonas del mundo donde se encuentran algunas de las grandes transformaciones geopolíticas del siglo XXI: África Occidental, el Sahel, el Atlántico, las rutas energéticas y marítimas y la creciente competencia entre grandes potencias.
El Archipiélago debe dejar de ser visto exclusivamente como frontera que hay que proteger. Debe ser considerado también como plataforma europea en el Atlántico. Eso exige más presencia europea, más inversión, más conectividad, más capacidades de seguridad y una política específica para Canarias dentro de la estrategia atlántica de la Unión Europea.
Y exige que Gran Canaria aproveche su posición. La guerra híbrida nos está enseñando que la seguridad de un territorio no depende solamente de sus soldados o de sus fronteras. Depende de su capacidad para mantener abiertas sus comunicaciones, garantizar su energía, proteger sus infraestructuras, sostener su economía y preservar la confianza de sus ciudadanos.
En la nueva geopolítica atlántica, la mejor defensa de Canarias será una Canarias más autónoma, más diversificada, más conectada, más europea y más resistente. El desafío consiste en convertir nuestra vulnerabilidad geográfica en fortaleza estratégica. Y Canarias y Gran Canaria tienen condiciones para hacerlo.

